lunes, 13 de diciembre de 2010

HOSTAL "LAS GUÁSIMAS"





HOSTAL "LAS GUÁSIMAS"

En mi ciudad natal, Trinidad de Cuba, prosperan nuevos negocios y entre ellos me he encontrado el HOSTAL LAS GUÁSIMAS, regentado por mi ex alumna y buena amiga: Kenia Vázquez Cervera y su compañero sentimental Boris Ceballo Gálvez.

Como podrán ver en las imágenes, ellos alquilan una habitación de su casa, la cual goza de excelentes condiciones y la cual se encuentra enclavada en el mismo corazón del casco histórico y con magnífico acceso a todas las áreas turísticas y de ocio.

El precio es inmejorable y la atención de estos buenos amigos, no dejará indiferente a nadie.

Pueden contactar con ellos en los siguientes teléfonos:
(01 41) 994502 (Para llamadas Nacionales)
00 53 (41) 994502 (Para llamadas Internacionales)
00 53 (41) 994980 (Para llamadas Internacionales)

TADEO

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LA VOCACIONAL






















LA VOCACIONAL

PARTE I
Apenas había comenzado a dar los primeros pasos en el mundo del conocimiento, y ya algunos se aventuraron a vaticinar para mí, una brillante carrera estudiantil. Decían: -Este niño ha sacado buena cabeza para los libros, así que seguro cogerá la Vocacional, a lo que yo repetía sólo por ver sonreír a mis padres: “Sí, yo me iré para la Vocacional”.
La Vocacional era el nombre con que se conocían vulgarmente en Cuba las Escuelas Vocacionales (ESVOC), un tipo de centro docente donde se cursaban los estudios secundarios y preuniversitarios, lo cual suponía permanecer en ellas durante 6 largos años.
Las escuelas vocacionales se diferenciaban del resto de los centros escolares del país, en que para entrar en ellas, era necesario pasar por un proceso de selección que se realizaba en las escuelas primarias, sacando un número reducido de estudiantes entre los primeros escalafones.
Si la memoria no me falla, existían en Cuba 6 escuelas vocacionales, coincidiendo estas, con las 6 antiguas provincias cubanas. Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente. Eran las escuelas de elite en Cuba. Supuestamente, de ellas saldría el futuro del país, las mentes pensantes que llevarían adelante la obra de la revolución a todos los niveles.

Las condiciones de las mismas, eran las mejores posibles para un centro educacional cubano de entonces. El profesorado era de lo mejor del país, las condiciones materiales, y todo lo demás, estaba en concordancia con aquella exquisita selección que colocaba en estas escuelas, una materia prima óptima para ser modelada y formada según los principios éticos y morales propios del socialismo y el comunismo.
Más allá de todo esto, resultar seleccionado para estudiar en la Vocacional era un orgullo para todo el mundo. Para los padres decir que sus hijos estudiaban en la Vocacional, era casi como que un padre diga aquí en España, que su hijo ha sido fichado por el Real Madrid o el Barcelona. Era una manera de decir: “Mi hijo es uno de los mejores estudiantes del pueblo, recibirá una educación de altísima calidad, y tiene un futuro casi asegurado.
Lo mejor de todo esto, es que los padres no tenían ni que decirlo. Bastaba con que te acompañaran al punto de recogida, donde se agrupaban todos los compañeros de colegio. Nuestros monogramas rojos, sobre el fondo azul de nuestros uniformes, no dejaban lugar a dudas. Eras un estudiante de la vocacional y por tanto, nadie dudaba de que eras un chico inteligente, y no sólo eso, sino, con una capacidad intelectual por encima de la media. Era como llevar adosado al cuerpo y a la vista de todos, el número de tu coeficiente intelectual.

En mi municipio, Trinidad de Cuba, la selección se realizó entre las 8 escuelas primarias, dando como resultado, que cada una de ellas, aportó unos 3 o 4 estudiantes al grupo final de 15 niñas y 15 niños.

Allí estábamos los 30 “fenómenos” reunidos en el parque central, acompañados de nuestros padres y dispuestos a tomar el autobús que nos llevaría a conocer la escuela y donde nos matricularían y pondrían en nuestras manos todo el material escolar necesario para nuestra vida allí.
¡Cómo han cambiado los tiempos! Corría el año 1983. Una vez matriculados, nos llevaron a un gran almacén y nos entregaron los uniformes, la ropa de cama, la ropa de campo, la ropa de deporte, todos estos atuendos con sus respectivos zapatos, la ropa de cama, los libros, en fin. Tantas cosas nos dieron, que una vez de regreso a Trinidad, debí llamar por teléfono a mis padres para que vinieran a ayudarme con todo lo que me habían dado, pues yo solo era incapaz de cargar con todo.

Poco tiempo después, al comenzar el curso escolar, ya estábamos allí reunidos otra vez para comenzar nuestra andadura estudiantil, la cual duraría 6 largos años, para muchos, los mejores años de nuestras vidas.
Me encantaría contarles algunos de mis recuerdos de la vocacional, pero son tan variados y dispersos como las piezas de un gran rompecabezas. Y es que 6 años dan para mucho.

La escuela vocacional Ernesto Guevara de Santa Clara era una ciudad estudiantil inmensa, con capacidad para 4400 estudiantes. Estaba dividida en 6 unidades estudiantiles, que equivalían a 6 escuelas independientes, pero a la vez, todas reunidas en aquel mismo espacio.

Yo llegué a la vocacional con 11 años, a punto de cumplir los 12, y salí de allí a punto de cumplir los 18 años. Tal vez ya sólo por eso, casi todos nosotros tenemos grabado en nuestra memoria de una manera tan idílica y romántica nuestro paso por allí. Y es que 15 años sólo se tienen una vez.
Es cierto que con los años uno lo idealiza todo. No obstante, tengo la sensación de que realmente aquel método de selección funcionaba. Tuve compañeros verdaderamente brillantes. Personas con mentes privilegiadas, y a diferencia de la escuela primaria, donde uno brillaba entre los demás, sin mucho esfuerzo, allí tenía que esforzarme para no quedarme atrás, y aún así nunca brillé, siempre fui un estudiante del montón. No de los malos, no de los mediocres, pero tampoco de las lumbreras. Terminé siendo el 153 en el escalafón de mi año, que estaba compuesto por 728 estudiantes.
Tres años más tarde, la escuela sufrió una transformación importante. Dejó de ser una escuela vocacional para convertirse en un Instituto Pre Vocacional en Ciencias Exactas. (IPVCE)

Recuerdo que nos metieron en el cine del colegio, y nos fueron llamando a todos de 10 en 10. Al salir por la puerta, tenías que elegir una especialidad, la cual cursarías al año siguiente. Podías escoger entre Matemática, Física, Química, Biología o Electrónica. En mi caso, terminé decantándome por la Física. Al año siguiente, se formaron nuevos grupos y nos cambiaron de Unidad, y por tanto, de dormitorios, de profesores, de comedor, de biblioteca, etc. Era casi como empezar de cero. Yo pasé de la Unidad 3 a la Unidad 2, y de mis antiguos compañeros de clase, sólo cayeron 2 de ellos en mi nuevo grupo.
Una vez hechas todas estas aclaraciones, iré apuntando de manera desordenada los recuerdos que vayan cruzando por mi mente en el momento en que escribo, y espero que sirvan como testimonio de lo que allí vivimos un número importante de jóvenes cubanos, los cuales quedamos para siempre marcados por la experiencia de nuestro paso por la vocacional, y posteriormente, por el IPVCE.

PARTE II
En la Che Guevara, entre los dormitorios y el comedor de la Unidad 3, el terreno hacía una especie de zanja con césped mal recortado, y en épocas de lluvia, se formaba una especie de charca que estaba poblada de muchísimas ranas y sapos. De ese modo, nuestras noches estaban marcadas por el ruido de esos animales. Tanto y tan alto cantaban, que tuvimos que aprender a dormir a pesar de esos conciertos en medio de las madrugadas. Uno de nuestros amigos, un chico llamado Elvis, aprendió a imitar el sonido de las ranas y lo hacía y nos reíamos mucho con él.
El día de San Valentín ocurría algo muy curioso en la escuela. Nos obligaban a entrar en pareja al comedor, tanto para desayunar, como para almorzar como para cenar. Los chicos que como yo, no teníamos novia, pasábamos mucho trabajo ese día para acceder al comedor. Casi tenías que pedirle de favor a alguna chica, que pasara a comer contigo, y ellas no siempre accedían con facilidad. De hecho, algún año me tocó quedarme para el final, y entrar a comer en el grupo de los chicos sin fortuna y soportando las burlas de todos, porque aquello era motivo de risas por parte de los demás. Yo siempre entré a comer, incluso, en ese grupo de “perdedores”, pero supe de alguno que se quedó sin cenar por tal de no pasar por aquella vergüenza.
Una vez al mes, si mal no recuerdo, nos tocaba realizar las labores de autoservicio. Es decir, nos ocupábamos de hacer funcionar el comedor. En Cuba por aquel entonces, comer pescado era cosa de pobres, y había, sobre todo chicas, que eran muy finas a la hora de comer. Así que muchas dejaban el pescado intacto. Yo, que siempre me gustó el pescado, aprovechaba para apilar todos aquellos chicharros, les sacaba las huevas, las colocaba en un plato aparte, y luego me las comía.

Otra cosa que no se me olvida, de las tardes de autoservicio es que cuando ibas a tirar los restos de comida en la cámara frigorífica, tenías que tener mucho cuidado porque siempre estaba el gracioso que te vigilaba y una vez que entrabas, te encerraban allí y apagaban la luz, sin tener tú la posibilidad de salir de allí ni de pedir auxilio. Más de una vez me encerraron en aquel refrigerador gigante de olor nauseabundo.
Del comedor, recuerdo también cómo se despilfarraba la comida. Fueron los años de gloria en Cuba. Todo lo teníamos allí en abundancia y vivíamos como reyes. Recuerdo que cuando nos tocaba hacer el desayuno en el autoservicio, nos quedábamos desayunando allí cada uno con 10 o 12 panes, con mantequilla en cantidades industriales y cada uno con una gran jarra de leche de dos litros.
Si se iba la corriente eléctrica durante la cena, y por casualidad había de postre, naranjas, mandarinas o limas, era habitual que se armara una auténtica batalla campal con todos los alumnos usando sus frutas como proyectiles. Los profesores no podían controlar la situación porque no se veía nada. Incluso, cuentan que en cierta ocasión, al restablecerse el fluido eléctrico, sorprendieron a un profesor a punto de lanzar él también una de aquellas frutas.
Teníamos en el colegio, un comedor especial al que llamábamos “comedor escuela”. Era una especie de restaurante donde nos enseñaban los hábitos correctos a la hora de sentarse a comer. Siempre que voy a un restaurante o a una cena donde debo comer correctamente, siento retumbar en mis oídos, aquella cinta donde nos explicaban todo lo que se debía y no se debía hacer a la hora de sentarnos a comer.
A nosotros nos gustaba mucho ir al comedor escuela porque allí la comida siempre era mejor que la que daban habitualmente en los comedores nuestros. Con el tiempo, cuando la vocacional se convirtió en un sitio de atracción turística y empezó a ser visitado por delegaciones de medio mundo, nuestro comedor escuela pasó a ser el restaurante para las delegaciones que nos visitaban.
Yo seguí disfrutando de la suculenta comida de aquel lugar durante más tiempo para tocaba en una pequeña orquesta la cual tenía la tarea de amenizar los almuerzos de nuestros huéspedes extranjeros. Allí me mantuve en mi modesto papel de músico hasta que salió la orientación de que todos los estudiantes estaban obligados a participar 2 veces por semana al menos, en las actividades agrícolas, y por tal razón, decidí dejar la música, porque yo me había enrolado en aquella orquesta para no ir a trabajar en las labores agrícolas.
La vocacional estaba rodeada de extensas y fértiles tierras las cuales eran propiedad del centro. Los estudiantes, entre nuestras muchas actividades extraescolares, teníamos la tarea de hacerlas producir. La producción era utilizada en nuestro propio consumo, y también era puesta en circulación en las redes de mercados agrícolas de la ciudad de Santa Clara.

Nuestro producto estrella era el plátano. Campos interminables de bananeros eran atendidos por nosotros. Empezabas a quitar la mala hierba en una punta del surco, y la otra punta no se veía. Se perdía en el horizonte. Era un trabajo duro. Sobre todo para los niños recién llegados, pues con nuestros 12 años, apenas podíamos con las azadas que nos ponían en las manos. Nosotros en Cuba le llamábamos “guatacas”. Eso sí, salimos de allí hechos verdaderos expertos en el uso de esos instrumentos de labranza. Luego lo agradecí muchas veces. Tanto aquí en España, como en Cuba, me tocó trabajar en la agricultura y mi preparación en tales actividades, me facilitó mucho la vida.
Como estabas obligado a terminar tus tareas agrícolas y sobre todo, había chicas incapaces de hacerlo, se echaban novios con el propósito de que ellos les ayudaran a terminar su trabajo una vez que ellos hubieran terminado el suyo. La verdad es que resultaba muy romántico sacrificarse de ese modo por una chica. Alguna vez me tocó a mí responder a la petición de ayuda de alguna fémina, cosa que uno se lo tomaba casi como una insinuación amorosa.
Aparte de plátanos, cultivábamos tomates, lechugas, maíz, boniatos, yucas, patatas, papayas, etc. Tengo un recuerdo muy especial de los maratones de recogida de patatas. Una vez que los tractores removían la tierra y dejaban las patatas fuera, había que recogerlas enseguida para que no se echaran a perder, así que nos convocaban a todos los estudiantes para realizar esas tareas y competíamos entre todos a ver cuál era la brigada que más sacos de patatas recogía. Era muy divertido porque la gente le robaba los sacos llenos a las brigadas rivales, y no te quedaba más remedio que colocar todos tus sacos juntos y dejar a un vigilante con ellos. También estaba el listo de turno que en vez de llenar los sacos con patatas, los llenaba con tierra.
Acápite especial se merece el trabajo en la siembra del bejuco de boniato. Era un trabajo muy duro porque lo realizábamos de manera manual y estábamos obligados a permanecer con el tronco doblado durante horas, lo que te producía un fuerte dolor en la espalda y en los riñones. Muchas noches caíamos en la cama, tan cansados, que parecía que estábamos recibiendo preparación militar o algo por el estilo.
El horario de sueño comenzaba a las 10 de la noche y nos despertaban a las 6 de la mañana. La última actividad de la noche era el autoestudio, que duraba, si mal no recuerdo, desde las 8 hasta las 10. Era la hora de estudiar, de hacer los deberes, etc.
Como la carga docente que teníamos era tanta, los estudiantes muchas veces, en vez de hacer los deberes, los copiábamos los unos de los otros. Siempre teníamos en la clase, un chico o chica, aventajada en cada una de las asignaturas y el resto copiaba los deberes por el que más sabía. Yo nunca fui el aventajado de ninguna de las asignaturas. Muchas veces me ponía a hacer los deberes y una vez terminados, preguntaba a mis compañeros si alguien quería copiarlos por mí, y nadie quería.

Una vez terminado el horario de estudio, nos daban una merienda, y luego pasábamos a los dormitorios. Había una especie de galleta dulce y grande, fabricada con harina de trigo o algo así, que le llamábamos “queques”. No tenían mal sabor, pero como nos la daban tan a menudo, los chicos empezamos a odiarlas. Hubo mañanas en las que nos negamos a merendar aquellos queques. Los estudiantes llegábamos al área donde nos repartían la merienda y al ver que lo que había para merendar eran queques, dábamos la vuelta y nos marchábamos.
Los profesores se enfadaban y nos recriminaban diciendo: “Piensen en la cantidad de niños que habrá en el mundo que no tienen la posibilidad de tener estas galletas para comer, y ustedes las rechazan”, y los estudiantes respondíamos a coro: “Pues mándenselas a ellos”.
En cambio, cuando nos daban los queques en el horario de la merienda nocturna, los cogíamos para utilizarlos luego en el albergue como proyectiles. Se armaba una auténtica refriega. Todo el mundo disparando los queques los unos contra los otros, hasta que llegaban los profesores a poner orden y a obligarnos a entrar en nuestras respectivas literas.
A mí me gustaban los queques. Sobre todo cuando eran nuevos, estaban muy crujientes y sabrosos. Algunas veces, durante la merienda de la tarde, algunos amigos y yo, esperábamos a que todos los estudiantes pasaran por allí a por sus queques, y como siempre sobraban, le decíamos a la chica que nos regalara una caja de queques.
Una caja de queques tenía 50 cm de largo, por 40 de ancho por 40 de alto, así que era algo inmenso. Pues bien, nos la llevábamos y nos sentábamos en algún lugar tranquilo de la escuela y nos poníamos a conversar mientras comíamos queques y más queques. Al terminar, nos marchábamos dejando allí media caja de galletas intacta. Así se despilfarraba la comida en la Cuba de los 80.
Después de las 10 de la noche, cuando apagaban las luces de los dormitorios y los profesores se marchaban, pues suponían que nosotros nos íbamos a dedicar a dormir, pasaban muchas cosas en los albergues.
Algunos estudiantes se ponían el traje de baño y bajaban sigilosos las escaleras para colarse en la piscina. A esos chicos que parecían sombras en la noche oscura, le llamábamos: “los ninjas”. Desgraciadamente, alguna vez apareció ahogado algún estudiante en las tranquilas aguas de la piscina.

No podría hablar de lo que sucedía por las noches durante el horario de sueño, si no hago la separación entre los 3 años de la secundaria y los 3 años de preuniversitario, pues las aficiones nocturnas eran distintas.
Durante los 3 años de secundaria, es decir, cuando teníamos entre 12 y 14 años, éramos más críos y la gente se dedicaba sobre todo a hacerle maldades a los compañeros. Si te dormías, te pegaban en la cabeza con la mano envuelta en una toalla. A esa práctica se le llamaba “pan con lechón”. Era algo que me parecía horrible, porque por mucho sueño que tuvieras, no podías quedarte dormido, porque si lo hacías, era muy probable que despertaras violentamente con un fuerte impacto en la cabeza.
Lo peor de todo era que debido a esto, dormías poco y mal todas las noches. Yo llegué a un punto tal, que alguna mañana me desperté con un fuerte dolor de cabeza. Sabía que me habían pegado, pero el sueño era tan grande, que ni siquiera el golpe consiguió despertarme.
El “pan con lechón” tal vez era la maldad más macabra, pero no era la única. También estaba el “trineo”, que consistía en tirar de tu colchoneta con sábanas y todo y dejarte tirado en medio del pasillo. También se daba el caso de que podían sacarte con todo, incluyendo la tabla de la litera, y dejarte durmiendo en las duchas, de manera tal que despertaras cuando los chorros de agua (el agua la ponían unos minutos antes de darnos el de pie) te despertaran. También podías aparecer durmiendo en la sala de estar del albergue.
Una vez pasados al preuniversitario, con edades entre 15 y 17 años, esas prácticas pasaron al olvido. Ya era posible dormir plácidamente, pues los chicos empezaban a dedicarse más a otro tipo de entretenimientos, muchas veces, de índole sexual.
Había parejas, que no abandonaban el edificio docente después del estudio. Se encerraban en sus aulas, gracias a que nosotros teníamos las llaves de las mismas, cerraban bien las ventanas por dentro y se quedaban allí a hacer el amor. Algunos hasta amanecían allí. Muchas veces habían hablado con algún buen amigo, para que al día siguiente por la mañana, antes de ir a desayunar, pasara por el aula y les abriera la puerta, pues se quedaban literalmente encerrados.

Luego, en los dormitorios, los chicos dedicaban sus horas de sueño a hacer ejercicios físicos para cultivar sus cuerpos, a aprender a bailar con otros chicos que hacían de profesores de baile, a masturbarse, entre otras actividades. Estos últimos, muchas veces procuraban merendar rápido, para coger buen puesto en los balcones de los dormitorios, pues se masturbaban mirando a lo lejos los dormitorios de las chicas, mientras se cambiaban de ropa antes de dormir.
A decir verdad, durante los años de la adolescencia, lo de hacerse pajas, no era una cuestión del horario de sueño. Los chicos nos masturbábamos constantemente, y lo curioso es que muchas veces eran prácticas grupales y hasta se denigraba a aquellos chicos que rechazaban las prácticas masturbatorias.
En el apartado docente, sobre todo cuando la escuela se convirtió en IPVCE, soportamos una carga importante. Recibíamos un plan de estudios diferente al del resto de los centros estudiantiles del país. Teníamos 11 turnos de clase al día, 6 por la mañana, y 5 por la tarde. Por esas fechas dejamos de ir a realizar labores agrícolas así como las demás actividades extraescolares.
Recuerdo que por aquellos años llegó el auge de la computación. Teníamos laboratorios de computación con pc muy rudimentarias, pero que a nosotros nos parecían objetos de otro planeta. A mí nunca me enganchó mucho la computación como asignatura, pero sí reconozco que me apasionaba el contacto con la tecnología, pues de alguna manera, comprendía que aquello sería el futuro de nuestras vidas.
Las relaciones profesor-alumnos era muy curiosa. Los profesores tenían la tarea de impartirnos el conocimiento, pero al mismo tiempo, en algunos casos, más velado que en otros, nos admiraban muchísimo. Tuve incluso, algún profesor, que cuando nos portábamos mal y no le dejábamos dar la clase, nos hacía estudiar los contenidos por los libros de texto y no nos hablaba más de esos temas, aunque luego, nos aparecían en los exámenes.
Nuestro colegio tenía una particularidad curiosa, allí dentro los varones éramos más dados a jugar al fútbol que a jugar al béisbol. Y digo que era raro, porque en Cuba el béisbol es el deporte nacional, mientras que el futbol siempre se encontró en un segundo plano, y más en los años 80. Sin embargo, en la vocacional, por algún misterio que no llego a comprender, todos éramos muy futboleros y organizábamos campeonatos entre todas las unidades y aquellos partidos eran históricos. Recuerdo que mi unidad, la 2, disputó varias veces la final, y alguna vez que perdieron, las chicas no paraban de llorar desconsoladas, y muchas no fueron a cenar esa noche. El comedor estaba desierto, pues se ve que la derrota les había robado el apetito.
El día del pase, era un día muy especial. Nos reuníamos todos en los puntos de recogida y los cientos de autobuses del parque de autobuses del colegio, nos llevaban a todos hasta nuestros respectivos municipios. En mi caso, viajar desde Santa Clara a Trinidad era un recorrido de 3 horas. Muchas veces éramos más estudiantes que asientos, así que a algunos chicos nos tocaba ir de pie. Yo era uno de esos que casi siempre viajaba de pie. Algunos amigos tenían la suerte de ser del agrado de algunas chicas que no vacilaban en llevarlos sobre sus piernas, y bueno, estaba también el caso de chicas que permitían que las llevaras a ellas sentada encima de ti.
En el autobús se cantaba, se jugaba, se hacían cuentos, chistes, también dormíamos, porque el viaje daba para todo. A veces se acostumbraba a hacer unas especies de meriendas colectivas haciendo circular por el autobús latas de leche condensada cocinadas de las que todos comíamos al menos un poquito.
Todas esas cosas, esa manera de compartir la vida, nos unió de un modo increíble y nos marcó para siempre. Éramos como una gran familia, y los vínculos que se forjaron durante esos 6 años, en muchos casos aún perviven.
Últimamente, gracias a facebook he conseguido contactar con algunos viejos amigos de aquellos tiempos, y tengo otros amigos de la vocacional con los que nunca he perdido el contacto del todo, a pesar de haberme marchado de la isla. Para ellos y por ellos, es que escribo estas palabras. Para que quede de alguna manera constancia del cariño y el amor que nos profesamos, cariño y amor que nació de compartir tantos y tantos momentos tristes y dulces, de haber crecido juntos, de haber aprendido juntos, de haber soñado juntos y de haber despertado juntos de este sueño que es la juventud.
A todos mis hermanos de la Vocacional, también a los profesores, quiero decirles que tienen un lugar especial en mi corazón.
Hace dos años volví a la Che Guevara en busca de mis recuerdos, en busca de ese niño que fui entre aquellas paredes, aulas y jardines, y ya la Che no era la Che. El deterioro era increíble. Creo que ahora la han convertido en 3 institutos diferentes. Las piscinas están sucias y sin agua, el gimnasio está destrozado, las escaleras están rotas, la mala hierba se come aquel lugar.
Tal vez por eso se me ha hecho necesario pensar en la vocacional que yo conocí, (1983-1988) y no en ese cadáver que es hoy, tal vez el mejor de los símbolos de la decadencia cubana en materia de educación, y una clara muestra de que aquel tiempo pasado fue mejor.
TADEO

martes, 9 de marzo de 2010

UN PASO AL FRENTE


UN PASO AL FRENTE

Malos tiempos estos que corren calle abajo por el mundo. Se nos cae a pedazos este grano de polvo atormentando en el universo que es la tierra, nuestra casa grande o pequeñita, según se mire.
Ante las desgracias de Haití, de Chile, de Turquía, ante las inundaciones que han sufrido diferentes países europeos, Cuba ha dado, como siempre un paso al frente con las recientes inundaciones de La Habana.
Parece que como ya le tocó a la isla sufrir de lo lindo en 2008 con sus tres huracanes. Esta vez en la repartición no nos ha tocado tanto, al menos, de momento, que ya sabemos cómo somos los cubanos para acercarnos al epicentro de la historia.
Solidarios con todos los pueblos del mundo, aunque estemos con el agua al cuello. Siempre ha sido así y será, porque algún mágico misterio nos hace buenos de corazón y nos hace imprescindibles para entender la historia de este planeta.
TADEO

martes, 12 de enero de 2010

TE SOLTÉ LA RIENDA


TE SOLTÉ LA RIENDA


Cuando decidí echar a andar este blog, pensé que mis recuerdos sobre Cuba serían los suficientes como para no pasar trabajo a la hora de redactar sus post. Un par de años después siento a la isla como a esa caballo blanco de la canción del mexicano José Alfredo Jiménez al que le soltó la rienda.

Ya sé que la canción no es más que una metáfora, ya sé que es una historia de amor, pero esta no deja de serlo. Cuba es como una mujer, una que siempre va a estar ahí del otro lado del mar. Una novia que espera, como hubiera dicho tal vez Martí, una novia que espera acaso inutilmente.

Cuba empieza a estar lejos después de 10 años ausente. Ni siquiera volver me ha hecho reencontrarme con aquel que era yo subido a los camellos de la Habana, o leyendo mis poemas en las casas de cultura, o en las diferentes universidades donde estudié, o jugando a la pelota con los amigos del barrio.

¿Dónde estará ese que fui? ¿Y qué puedo hacer para encontrarlo? ¿Acaso tengo deseos de encontrarme? ¿Acaso es necesario? No lo sé. Tal vez no tenga sentido ese tipo de búsqueda.


Una tarde, regresaba de Francia por carretera, y al ver el letrero que decía: “Bienvenidos al País Vasco", sentí un alivio dentro y pensé: “Estoy en casa”. Un segundo después la preocupación se reflejó en mi rostro. ¿Qué me está pasando?, me dije. No quise darle más vueltas al asunto. Pero la preocupación aún sigue dentro de mí como un pájaro carroñero.


Allá en la isla, resulta que mi acento ya no es el de un cubano. La vida sigue, pero no encuentras el espacio vacío que creíste que ibas a dejar para siempre. No has necesitado fallecer para comprender cómo la vida sigue aunque tú hayas dado la media vuelta para irte con el sol cuando muere la tarde.


¿Dónde está aquella Cuba que perdí? ¿Dónde estoy yo, que en mi propia isla no me encuentro? Como el forastero que busca a Roma en Roma, como diría Quevedo, yo también encuentro, para mi sorpresa, que apenas lo fugitivo permanece y dura.


He puesto la canción de José Alfredo Jiménez para sentirme aún más encadenado a estas palabras, y bueno, esas cosas del destino, el músico ha dicho algo que me ha hecho reír para mis adentros: ¿Será que se me acabó la fuerza de mi mano izquierda?

TADEO

viernes, 25 de septiembre de 2009

TRAS LOS PASOS DE YUDIT


TRAS LOS PASOS DE YUDIT

Cuando empecé a visitar las galerías de artes de mi ciudad natal, Trinidad de Cuba, siempre me ocurría lo mismo. Me encontraba a un grupo de personas agrupadas en torno a los cuadros de una joven pintora desconocida para mí. Al indagar sobre ella me decía que se llamaba Yudit y que estaba considerada entre las mejores pintoras de la ciudad, que era estudiante de la escuela de arte de allí, etc, etc.
Lo cierto es que ella y yo nunca llegamos a conocernos. Seguramente alguna vez nos tropezamos, pero nunca nadie nos presentó ni tuve yo la suerte de tener la posibilidad de hablarle. De haberlo hecho, seguramente le habría hecho públicos mis respetos y mi gran admiración por su obra, la cual tiene la peculiaridad de no dejar indiferentes a nadie.
Su obra, aún sin dejar de ser figurativa, mira hacia el interior de su ser. Allí encontramos todo un universo mágico, repleto de fabulaciones y de personajes que las protagonizan. Seres que de seguro, serán la propia Yudit transfigurada y elevada a una expresión desconodida para nuestros ojos, y de la cual, tan sólo ella misma y sus impresionantes cuadros podrían darnos alguna clave.
La pasada navidad estuve por su residencia en Trinidad de Cuba y no me la pude encontrar. Andaba de viaje por la ciudad de las luces, regando por allí su propia luz, y la luz de la isla luminosa que nos parió.
Felicia Borrell, mi prima querida, me la encontré allí fungiendo como albacea de su obra y principal difusora de la misma. Hablamos largo y tendido de su talentosa compañera ausente, me mostró muchas de sus obras recientes y otras que andan hoy por medio mundo y que sólo podemos ver en su extenso catálogo. También pude leer diferentes artículos en revistas especializadas en arte cubano, los cuales se encargan de hacer más visible, si se quiere, la obra de la talentosa artista.

Mi encuentro con Yudit quedó pendiente para una próxima visita mía a la isla, o quién sabe si se me adelante ella y podamos encontrarnos por estas tierras de la madre patria. Quede aquí constancia de mi admiración por su meritorio quehacer.
Para los que no conozcan a Yudit Vidal Faife, aquí les dejo su currículum vitae y ya me darán sus opiniones al respecto. También, si lo desean, podrían contactar con ella para expresarle vuestras opiniones, sugerencias, críticas, puntos de vista, y también, como no, en caso de que se sientan tentados a adquirir algunos de sus trabajos. Su correo electrónico es el siguiente: felicia@htdad.ssp.sld.cu

Casa de la artista
Calle Pedro Zerquera #312 e/ Fco. Javier Zerquera y Simón Bolívar. Trinidad. S.S. Cuba
Tfno.: 0053- 41- 99 4706

Galería Taller de la artista
Calle Simón Bolívar # 411 e/ Gustavo Izquierdo y Panchito Gómez Toro. Trinidad. S.S. Cuba
Tfno.: 0053- 41- 99 3007

TADEO


YUDIT VIDAL FAIFE CURRICULUM VITAE

Graduada de la escuela Profesional de Artes Plásticas, Oscar fernández Morera en el año 1998.
Realiza 2 años de servicio social en el Equipo de Restauración de Patrimonio de Trinidad en los años 1999 y 2000. Comienza a laborar como conservadora del Museo de Arqueología Guamuhaya a partir del año 2001.

Diplomas- Certificados- Menciones y lauros obtenidos

· 29 de Julio de 1999
XII Fórum de Ciencia y Técnica. Categoría de Destacado. Trinidad.

· 5 de Julio del 2000
XIII Fórum de ciencia y Técnica. Mención. Trinidad.

· 31 de Octubre de 2002
25 Aniversario de la ANIR. Diploma de Reconocimiento por haber sido Destacada Provincial. Trinidad.

· 14 de Febrero del 2003
Jornada Científica Estudiantil “El Joven Restaurador”. Diploma de Reconocimiento por haber obtenido el Tercer lugar Dado en el ISA, La Habana.

· 28 de Marzo de 2003
Encuentro Municipal Expo ANIR. Certificado de Mención. Trinidad.

· Junio 2003.
XV Fórum de la Cultura Trinitaria. Destacado.

· Septiembre 2004.
Evento Municipal del fórum. Categoría de Relevante. Trinidad.

· Octubre 2004
XV Fórum de Ciencia y técnica de la ANIR. Categoría de relevante. Trinidad, Sancti Spíritus.

· 2004
Vanguardia Provincial de La ANIR. Sancti Spíritus.

· Diciembre 2004
VI Evento Provincial “Cultura y Desarrollo” Destacado. Sancti Spíritus.

· Enero 2005
XVII Coloquio de la Cultura Trinitaria. Diploma por haber obtenido: Tercer Lugar y Mención especial por Institución respectivamente.

· 2005
Vanguardia Nacional de la ANIR. Trinidad.

· Octubre. 2005
Condición Nacional “Distinción 8 de Octubre”. La Habana-Trinidad.

· Enero 2008
XX Coloquio de la Cultura Trinitaria. Primer Lugar. Trinidad.

· Febrero 2008
Jornada Científica Estudiantil. Primer lugar. ISA-CENCREM. La Habana.

Asesoramientos impartidos

· Año 2002 Taller opcional: “Técnicas a la plumilla” para alumnos de tercer año. Impartido en la escuela de artes “Oscar Fdez. Morera” de Trinidad.

· Agosto del 2002 Taller de Creación Plástica: “Técnicas de Dibujo” para niños de 12 años. Museo de Arqueología “Guamuhaya”.

· Año 2001-2002 Taller de Teatro Infantil: “Manejo y actuación de títeres” para niños de 10 a 12 años de distintas escuelas primarias del municipio.

· Enero del 2001 Jurado del concurso: “Pintemos a Martí” auspiciado por Cultura Municipal. en saludo a la Jornada Martiana.

· Año 2000-2004 Trabajo comunitario en la zona de la Popa, de Trinidad, así como en el proyecto de atención rural en las afueras de la ciudad (Puesta en escena de las obras montadas con los niños)

· Junio del 2000 Curso- Taller de Papier - maché para trabajadoras del Museo de Arqueología, Trinidad.

· Año 2000-2004 Adaptación, guión, diseños y dirección de las obras puestas en escena de títeres para niños del Proyecto Comunitario “Teatro- Móvil- Guiñol”

Cursos y talleres de superación

· 1997
Curso “Culturas Arqueológicas de Cuba” Museo de Arqueología “Guamuhaya.” Trinidad

· 12 de Noviembre de 1999
Curso de “Reintegración en Pintura de Caballete” La Habana, Cuba.

· Diciembre del 2000
Curso de “Cultura e Identidad” Auspiciado por el Centro Provincial de Superación para la Cultura en Sancti Spíritus. Trinidad.

· 22 de Junio del 2001
Curso de “Conservación Preventiva en Clima Tropical” La Habana, Cuba.

· Año 2001
Taller “Cuatro Estaciones en Trinidad” auspiciado por La Oficina del Conservador de la Ciudad, impartido por distintos creadores de la plástica nacional.

· 2001
Segundo Nivel de Inglés por suficiencia. Impartido en la Escuela de Hotelería y turismo de Trinidad.

· Diciembre 2001
II Taller de Arqueología Centro Sur de Cuba. Museo de Arqueología “Guamuhaya”.

· 2002
Introducción a Windows y Word. Impartido en la Escuela de Hotelería y turismo de Trinidad.

· Octubre 2003
Curso “La cerámica en la Arqueología histórica” Auspiciado por el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y el Museo de Arqueología “Guamuhaya”. Trinidad.

· Noviembre 2003
III Taller de Arqueología Centro Sur de Cuba. Museo de Arqueología “Guamuhaya”.

· Taller Científico sobre Protección y Conservación del Patrimonio en saludo al XXV Aniversario del Museo de Arquitectura. Trinidad. Noviembre 2004.

· Noviembre 2006
II Taller de Patrimonio Cultural Cubano. Auspiciado por la Oficina del Conservador de la Ciudad y el Museo de Arquitectura. Trinidad.

· Año 2006
Taller de restauración de marquillas de tabaco. La Habana.

· Año 2007
Taller de restauración de muebles de estilo. CENCREM. La Habana.

· Año 2007
Taller de restauración de pintura de caballete. CENCREM. La Habana.

· Noviembre 2007
VIII Taller de Arqueología “Centro Sur”. Museo de Arqueología ¨Guamuhaya¨. Trinidad.

· Noviembre 2007
XII Taller de Historia local. Museo Municipal de Trinidad.

· Noviembre 2007
Curso de Agentes biológicos. Unidad Docente de Ciencias médicas “Elena E. Fernández.” Trinidad.

· Marzo- Abril 2007
Curso de Elementos de Informática básica – Sistemas Operativos. Unidad Docente de Ciencias médicas “Elena E. Fernández.” Trinidad.

· Julio 2008
Titulada de: Licenciada en Artes Plásticas, perfil “Conservación y restauración de bienes muebles” Instituto Superior de Arte. La Habana. Cuba.








viernes, 18 de septiembre de 2009

MI VIDA SOBRE RUEDAS


MI VIDA SOBRE RUEDAS

Cuando parecía que el combustible se convertiría en Cuba en una sustancia museable, se pusieron de moda las bicicletas. Yo nunca tuve una, y pensaba que mi destino jamás me llevaría a poseerlas, pues las consideraba, por allá por mi niñez y mi adolescencia, un artículo de lujo, acostumbrado como estaba a las escaseces y a cooperar con la economía doméstica, procurando no gastar y procurando no pedir dinero.

Algunos amigos que me vienen ahora a la memoria, se pusieron a vender aguacates en una esquina, o a pedirles a los turistas, pero yo era incapaz de nada de eso. Si alguien no nació con sangre de comerciante o de mendigo, ese era yo.

Sin embargo, el destino que puso a la isla grande sobre las dos ruedas de una bici, era tan poderoso que un buen día, como si de un virus se tratara, me cogió a mí también. Todos tenían la suya, y a mí me tocaba, así que no podía negarme, sobre todo mirando que no tendría otra cosa en qué moverme por la ciudad.

Por aquel entonces estudiaba en la Universidad de la Habana. Para los que no lo sepan, la Universidad tiene diversos inmuebles distribuidos por la ciudad, de los cuales, el más emblemático y conocido es la Colina Universitaria, donde se estudian algunas carreras como Licenciatura en Matemáticas, Licenciatura en Física, Derecho, Filosofía, Sociología, Ciencias Farmacéuticas, Historia, entre otras.

Esta última, era mi carrera y por tanto, debía trasladarme a diario, desde la residencia estudiantil, que se encontraba en el municipio de Habana del Este, hasta el barrio del Vedado, donde se encuentra enclavada la Colina Universitaria. Estamos hablando de un recorrido de unos 12 kilómetros, los cuales no podía recorrer a pie, al menos si quería llegar en tiempo y forma a las clases.

Como el transporte urbano estaba cada vez más precario, y como en la universidad darían por sentado que al habernos dado bicicletas a todos, no teníamos excusas para faltar a nuestra obligación principal: el estudio, me vi encerrado en la trampa de ir a buscar con mis compañeros aquel vehículo de dos ruedas al punto de recogida, ubicado a unos 5 kilómetros de la Universidad.

Llegamos en autobús, y luego de dar nuestros nombres, aquellos señores pusieron en nuestras manos lo que sería desde ese instante, nuestro mecanismo de locomoción. Todos llenaban las ruedas de aire y salían felices y contentos, pero yo no. Nunca aprendí a montar en bicicleta, o no había aprendido nunca en condiciones.

Se imaginarán que llegar a la Universidad fue una verdadera odisea. Llegué montado sobre ella, cierto, pero no me atropellaron por el camino por puro milagro, o tal vez por el poco tráfico que había en las calles de la Habana debido, claro está, a la falta de combustible.

Como si tener que aprender a montar en bici de aquella manera tan precipitada, sacando tiempo de mis horas de estudio y ocio, no hubiera sido para mí ya un problema bastante grande, me encontré con el problema adicional de que en Cuba los chicos con novia, llevaban a sus parejas a la Universidad sentadas en la parrilla de la misma.

Yo, que apenas me sostenía sobre la bici, era incapaz de llevar a mi novia a ninguna parte. La primera vez, ella, que sí sabía montar, me llevó a mí hasta la universidad, pero me dejó claro que tendría que aprender a montar en bici cuanto antes, porque ella no me iba a llevar más, pues estábamos siendo el hazmerreir de todo el mundo allí.

Ese fin de semana, aprovechando que mi novia no estaba, me puse a montar por el barrio, y hasta me atreví a irme a la playa, la cual se encontraba a unos 5 kilómetros de allí. Debo tener muchos angelitos en el cielo, porque aquello parecía un acto suicida. No controlaba nada la bici, y varias veces estuve a punto de estrellarme contra una señal de tráfico, o contra otro bicicletero. Alguno me increpó por mi falta de habilidad al volante.

A mi novia nunca la pude llevar a la universidad en la parrilla. Tal vez aquel fue uno más de los motivos que nos alejaron para siempre. Una chica no quiere como pareja a un chico del que se burlan por no haber aprendido nunca a montar en bici. Y por eso, y por todo lo demás, mi relación empezó a tambalearse tanto como yo sobre mi bici cuando se me ocurría pedalear sobre ella.

Alguna vez me aventuré a llegar hasta la universidad, pero llegaba tan nervioso y tan asustando después de jugar a la ruleta rusa en aquel suicidio sobre ruedas, que decidí no hacerlo más. Preferí aventurarme con el transporte local, que era una opción casi tan suicida como la otra, pero un poquito menos.

Allí estaba varada mi bicicleta china en el apartamento de la residencia estudiantil. Para colmo, tenía que vigilarla porque me la podían robar. Los robos de bicis estaban a la orden del día, y como eran todas iguales, encontrar la tuya, podía ser tan complicado como hallar una aguja en un pajar. Finalmente decidimos mi novia y yo, llevarla para casa de mi suegro. En el garaje de él estaría mejor que en la residencia estudiantil.

Pasaron, más o menos, dos meses, y un buen día, desayunando en aquella casa del padre de ella, la abuela que estaba allí atendiéndonos, me hizo saber que mi suegro estaba muy apenado conmigo y que había algo que no se atrevía a decirme, así que ella me lo iba a comunicar de una vez.

Me quedé en tensión esperando la noticia y por fin dijo la anciana:

“Tu bicicleta se la han robado del garaje. Unos ladrones han entrado y se la han llevado”.

Yo respiré aliviado y sólo le respondí: “Por favor, ¿puede acercarme la mantequilla?

TADEO

martes, 14 de julio de 2009

ORISHAS

ORISHAS

Mientras escribo estas palabras he buscado en la red unos vídeos del grupo cubano Orishas. De esta manera me impregno de esa sonoridad tan de ellos y a la vez, tan cubana, y pongo en blanco y negro las sensaciones que sentí hace cuatro noches en la plaza del pueblo de Barakaldo, Vizcaya, País Vasco, y para los que sigan sin enterarse, España.

Como vivo cerca de allí, desde la ventana de casa escuché los primeros sonidos. Entonces tomé la decisión de bajar a ver qué pasaba, y allí me encontré a aquellos tres chicos destilando cubanía por los cuatro costados.

Tengo que reconocer que no es el tipo de música que más me gusta, pero todo lo que viene de mi país me interesa. Además, quería saber cómo el público vasco recibía a estos artistas isleños.

Hacía mucho tiempo que no estaba en un concierto. De hecho, meterme entre la gente me costó un poco de trabajo. Había bastantes personas y el público interactuaba con los artistas de un modo bastante bueno.

La juventud de este país cantaba y bailaba emocionada y divertida. Se lo estaban pasando bien, y yo estaba mirando con curiosidad a toda aquella muchachada bebiendo sus alcoholes mezclados con coca cola y otros refrescos espumosos. Algunos olían también a “yerba”.

Curiosamente, a pesar de ser yo el cubano, parecía de Orishas, el más distante. Ellos coreaban las canciones en perfecta jerga habanera, y yo sin poder decir nada porque no me he aprendido las canciones. Los veía decir esas palabras tan mías, tan nuestras, y me preguntaba si verdaderamente ellos sabrían el significado de las mismas. Supongo que en muchos casos no lo sabrían. Tampoco importaba.

Las chicas como siempre, aman a los artistas, y nuestros tres cubanitos estaban muy solicitados. Eso me gustó. Me ayuda a pensar que los cubanos tenemos buena aceptación aquí en la madre patria. Ya sé que pensar esto es una tontería y una subjetividad de mi parte, pero a veces vale la pena alimentar tales pensamientos.

Luego del concierto, conversé con algunos cubanos conocidos y me presentaron a algunos que no conocía. Se respiraba un ambiente muy cálido. Creo que el resto de compatriotas, tanto como yo, estaban allí para arrebatar algo que los de aquí no eran capaces de percibir, y que nada tenía que ver con ser fans o no de aquellos raperos o hiphoperos cubanos, se trataba simplemente de respirar a través de ellos un pedazo del espíritu de la isla.

TADEO

domingo, 5 de julio de 2009

LA CUEVA


LA CUEVA

Navegando por la red me he encontrado una entrada dedicada a los variados usos que se le puede dar a una cueva, y claro está, ahí apareció nuestra famosa cueva trinitaria de Carlos Ayala.

La cueva de Carlos Ayala es famosa por albergar en sus entrañas una discoteca, la más cara y exótica de la ciudad de Trinidad de Cuba y seguramente una de las más curiosas de toda la isla.

Los trinitarios decimos: “La Cueva”, para referirnos a ella, aunque también se le puede escuchar al pueblerino decir “Las Cuevas”, pero en este caso se estará refiriendo al famoso motel que se encuentra en la parte más alta de la ciudad, y que como su nombre avisa, también tiene una cueva, que hoy no es discoteca, pero que en su día lo fue.

Entre las dos cuevas, se lleva la palma la que se encuentra en los predios del motel. Nadie puede imaginar que en ese sitio es posible disfrutar de un espectáculo natural de tal magnitud y belleza. Pues sí, allí escondida, tanto que apenas te encuentras en la red fotos de ella, se encuentra esta cueva, que más que cueva, parece un palacio. Es un sitio que asombra por lo espacioso, sin dejar de mencionar las formaciones geológicas también de gran belleza.

En una de sus galerías más hermosas, el visitante se tropieza con un piso de lozas muy bien pulido. Allí estaba la discoteca primigenia, la primera que se echó a andar en Trinidad y que se paró porque alguien se dio cuenta de que aquel ruido terminaría destruyendo la cueva.

En el caso de la cueva de Carlos Ayala, al parecer, tiene la peculiaridad de ser un recinto más pequeño y que tiene un orificio en el techo que garantiza que los ruidos de la música salgan al exterior.

En ambas cuevas estuve bailando yo. En la del motel, siento aún muy pequeño, en aquellos tiempos en que los cubanos podíamos entrar libremente a los hoteles. En la de Carlos Ayala, ya de adulto. Me acuerdo perfectamente de la sensación tan rara que experimenta uno cuando el alcohol empieza a subirte a la cabeza y te sientes enclaustrado en la morada del hombre primitivo. Desde luego que es una experiencia diferente a lo que se puede experimentar en cualquier otra discoteca.

La Cueva de Carlos Ayala debe su nombre, según dicen, a que un señor llamado así, en su día, cometió un crimen y se escondió en dicha cueva para escapar de la justicia. Se decía que de noche se le veía salir de su escondite y aterrorizar sobre todo a las mujeres de la zona. Puede que sólo sean habladurías, típicas de los pueblos como el mío.

Lo cierto es que se dice que toda la ciudad de Trinidad de Cuba se encuentra construida sobre un complejo sistema de túneles naturales que salen al mar. Siempre, cuando desaparecía un niño en la ciudad, se comentaba que podía haberse perdido en ese laberinto de cuevas. Alguna vez, yo mismo estuve en la entrada del laberinto. Me refiero a esa otra entrada, cerca de la zona donde están las otras dos cuevas mencionadas, pero por otro lugar. No me atreví a dar un paso, pero me bastó con poner mis pies de niño curioso en aquel lugar tan mítico y legendario.

Más nunca anduve por allí. Mis recuerdos de todo aquello es muy borroso, pero si algún día vas a Trinidad de Cuba, no dejes de preguntar por estas cuevas. A lo mejor te ves envuelto en una fascinante aventura subterránea.

TADEO

lunes, 8 de junio de 2009

EL BAHÍA


EL BAHÍA

Cuando llegué a La Habana dispuesto a hacer vida universitaria, iba con la idea de que me enviarían a la residencia estudiantil de 12 y Malecón. Eso me habían dicho en mi Trinidad natal, e incluso, había planificado encuentros con amigos que también esperaban ser albergados en la tan famosa residencia estudiantil del barrio de El Vedado.

Pues no señor. Al llegar a la Universidad y hacer la matrícula, me informaron que mi residencia estudiantil era nueva y que se encontraba en la Habana del Este. Se llamaba “Bahía”, por encontrarse enclavada en el barrio del mismo nombre. Pues allá me fui. Me dieron mi apartamento y pasé en aquel lugar 5 años de mi vida, los mismos que demoré en sacarme el título de Licenciado en Historia.

Hace poco encontré en la red esta foto y mirarla me trajo un montón de recuerdos, un montón de anécdotas y volvieron a mi mente muchísimos rostros de compañeros y amigos, de trabajadores de la residencia estudiantil y hasta de vecinos que andaban por allí sin tener nada que ver con la institución.

La residencia Estudiantil estaba formada por dos edificios paralelos con una nave central dividida en dos partes. Una de ellas era el comedor, y la otra, era la sala de televisión y de juegos. No es que fuera una maravilla en cuanto a condiciones materiales, pero no nos podíamos quejar.

El hecho de no ser tantos estudiantes, facilitaba las relaciones humanas. Éramos como una gran familia, a pesar de que convivíamos allí los estudiantes de dos facultades bastante diferentes entre sí: la facultad de Filosofía, Historia y Sociología, y la facultad de Lenguas Extranjeras.

En la residencia estudiantil de Bahía viví entre los años 1992 y 1996. Sus muros fueron mi refugio durante esos años más crudos del Período Especial. En sus mesas vi desaparecer paulatinamente los alimentos, al punto de llegar a tener alguna vez como menú, sólo arroz blanco. Recuerdo que en esos tiempos nos aficionamos a pedirle a los africanos y árabes, sus salsas picantes para que el arroz blanco supiera a algo.

Tal vez la desventaja mayor que tenía la beca de Bahía, era la distancia que se necesitaba recorrer para llegar a la Universidad de la Habana. En esos años en los que el transporte se convirtió en un infierno en la Habana, nosotros los estudiantes, teníamos que levantarnos bien temprano para poder llegar a tiempo a clases.

A veces llegabas sudado y apretujado en esos camellos que pasaban por La Habana del Este procedentes de Alamar, a veces tenías la suerte de conseguir atrapar alguna guagua de las que nacían allí mismo, y a veces alcanzabas montarte en alguna de las rutas procedentes del municipio de Guanabacoa.

En esos años yo probé todas las combinaciones posibles para llegar a la Universidad. Había veces en que no conseguía que las guaguas me llevaran hasta la misma universidad, y me tocaba caminar desde la Habana Vieja o desde Centro Habana hasta llegar a la colina universitaria. Luego, para regresar era la misma odisea.

Algunos años más tarde, la Universidad consiguió una flotilla de autobuses donados de no sé donde, y nuestro calvario cesó. Eso sí, no debería dejar de mencionar que antes de que llegaran las guaguas de donación, nos repartieron bicicletas a todos los estudiantes. Yo, que nunca había tenia una bicicleta en mi vida, tuve que ponerme a aprender a montarla, y creo que me aventuré un par de veces a llegar a la Universidad usando aquel medio de locomoción. Era divertido, pero un poco loco. Un mes más tarde, ya me habían robado la bicicleta, pero creo que fue lo mejor, porque mi vida corría peligro cada vez que cogía en las dos ruedas la avenida Monumental rumbo al túnel de la Bahía.

En la residencia estudiantil me pasó lo que a muchos: aprendí a compartir la cama con mi pareja. Fueron 5 años de dormir en apenas 30 cm de litera. Cada movimiento de tu pareja, te despertaba, a no ser que el cansancio fuera tanto que ya ni eso.

Volvimos a disfrutar de la experiencia de compartir con personas venidas de todo el país, y también de otros países. Aprendimos a sobrevivir y a adaptarnos a las condiciones de la Cuba de entonces y de todo eso salió esto que somos, unos seres singulares y con dotes especiales para relacionarnos con el prójimo en las más variadas situaciones. También construimos amistades para toda la vida.

Algunos como yo, ya no animamos con nuestra presencia la vida de la isla, pero todos, estemos donde estemos, seguimos guardando en nuestros corazones el recuerdo de los 5 años que compartimos como una gran familia y nos seguimos emocionando al ver estas imágenes, y nos seguimos buscando porque sabemos que en algún lugar del mundo tenemos personas que nos quieren y nos recuerdan con cariño, personas que a nuestro lado compartieron algo más que cama y mesa, y penurias y apagones, y alegrías y fiestas y tristezas y amores y viajes, y estudio, y en fin, la vida de universitario con todo lo que ella conlleva.

La última vez que pasé por la residencia estudiantil de la Universidad los trabajadores me recibieron con alegría y me invitaron a almorzar allí como si de uno más se tratara. Y los amigos que aún seguían allí, de cursos inferiores, me decían que siempre que visitara la Habana, en caso de no tener donde dormir, allí siempre iba a encontrar una cama y un plato de comida a mi disposición. Nunca dudé de ello.
TADEO

miércoles, 6 de mayo de 2009

LENIER

LENIER

Lenier es tal vez uno de los gays más famosos de Trinidad de Cuba. Ya sé que no soy la persona más indicada para expresar algo así, puesto que no me he movido entre homosexuales. Más bien debo reconocer que durante mi adolescencia, me dediqué a descartarme de ellos echándome novias para relaciones supersónicas, que sólo tenían el objetivo de dejar clara mi condición sexual, no por exceso de testosterona, sino más bien, por exceso de miedo a ser vejado, maltratado y humillado por esos “machotes” con los que me codeé de continuo en los institutos y universidades donde estudié.

La vida de los homosexuales en Cuba, al menos en los años 70 y 80, (a partir de los 90 las cosas han empezado a cambiar) no era nada fácil. Yo recuerdo que aquellos pobres chicos que se atrevieron a confesar su homosexualidad, muchas veces sufrieron las crueldades del trato que sus propios compañeros les dábamos, y uso la primera persona del plural, porque tal vez no hice lo suficiente para ayudarlos por allá por los años de mi adolescencia.

Eso sí, tengo que decir que jamás le retiré mi amistad a los chicos homosexuales con los cuales me relacionaba, y mientras más edad fui teniendo, mi actitud ante los maltratos y vejaciones a gays y lesbianas, era cada vez más clara y contundente.

Muchas veces discutí con amigos heterosexuales porque ellos esperaban de mí una actitud de rechazo ante mis amigos gays. Alguna vez permití que un amigo de orientación sexual diferente a la mía, durmiera en mi habitación en la universidad, y eso no siempre era visto con buenos ojos. Me estaba arriesgando a ser tildado de homosexual, y seguramente hubo quien lo pensara de mí, y seguramente habrá quien lo piense todavía.

Durante los últimos años que estuve en Cuba, ya no me preocupaba por dar explicaciones sobre mi condición sexual. No hace mucho, conversando con un amigo homosexual, me confesó que una vez un amigo suyo le comentó que estaba convencido de que yo también lo era.

He encontrado en la red la foto de Lenier y esta imagen me ha dado pie para escribir estas palabras.

Una noche estaba yo en una discoteca de la ciudad con unos amigos españoles y uno de mis amigos se fijó en Lenier. Le gustó al parecer, le cayó bien, qué se yo. Lo cierto es que esa misma madrugada, mientras buscábamos un sitio donde amanecer, nos encontramos de nuevo a Lenier sentado en un parque de la ciudad. Mi amigo español se le acercó y le preguntó si esperaba a alguien y él dijo que pensaba que ya no vendría la persona que esperaba, así que le propusimos venir con nosotros y él también amaneció en nuestra compañía.

Recuerdo que le leí las manos. Lenier era uno de los homosexuales que mostraba con orgullo su condición sexual y eso provocaba admiración. La gente decía a sus espaldas que era yudoca o luchador, no lo sé bien, pero que sabía defenderse muy bien, y que era capaz de darle una paliza a cualquiera que lo ofendiera.

En los días sucesivos me encontré con Lenier muchas veces en la calle y siempre lo saludaba y conversábamos.

Una tarde nos encontramos en el parque del centro de la ciudad. Yo esperaba a un amigo, y él vino y se sentó a mi lado y allí estuvimos conversando un rato. Cuando se marchó, oh, Dios mío, se me acercó un señor y empezó a decirme cosas lascivas, dando por sentado que yo era homosexual.

Era una persona desagradable y baja. Sus palabras sonaban en mi oído provocándome asco y mucha rabia. Por entonces yo ya practicaba el perdón y el amor al prójimo, pero recuerdo que ese día estuve a punto de lanzarme contra él y golpearlos hasta conseguir que se tragara sus palabras.

Ahora agradezco haberme visto por un instante en el papel de un homosexual, porque me ha permitido entender mucho mejor lo que es y lo que se siente cuando te toca sufrir el rechazo de una parte de la sociedad por algo tan insignificante como tu condición sexual.

TADEO

domingo, 19 de abril de 2009

TRINIDAD DE NOCHE

TRINIDAD DE NOCHE

Cuando termina el día y el manto de penumbras lo envuelve todo, las ciudades adquieren otra fisonomía, otro esplendor, otra magia. No es lo mismo recorrer una ciudad con el sol y la luz inundándolo todo, que durante el tiempo en que la tarde se ha hecho historia y el astro rey, exhausto, hunde su barriga en el mar o en las montañas.

Así recuerdo hoy mi ciudad natal, Trinidad de Cuba, con su vida nocturna dedicada casi en exclusiva al turismo, a todos esos que desde cualquier rincón de este planeta con mayor o menor suerte, se aventuran a desandar sus empedradas calles.

Los centros nocturnos, restaurantes y demás, ofrecen al visitante sus mejores galas, tal vez sin sospechar que para el que nos visita, no hay nada más sugestivo que la vida misma de un pueblo que de alguna manera se sustrae de esas caras extrañas que se repiten siempre diferentes a lo largo de los años, pero que siempre del mismo modo, siguen representando el sustento económico y el toque distintivo de esta ciudad patrimonio de la humanidad y como no, dormida en el tiempo.

Dicen los brujos de la ciudad que cada de estas piedras tienen nombre y que fueron traídas de España en esos mismos barcos que regresaban luego a la madre patria cargados de oro y demás tesoros. Quién sabe si para los sabios africanos, aquellas rocas eran tan valiosas o más que el mismo oro que tanto codiciaba el hombre blanco.
En todo caso, camino en mi memoria por esas grandes piedras del centro de la calle. Llego hasta el parque del final de la imagen y allí me deleito con el olor de los jazmines y con el sonido de la música tradicional tocada con clave, guitarras, maracas, tumbadora y bongó.

Esas noches distintas a las noches del viejo mundo son las noches más mías, las que más se meten dentro y las que permanecen aún cuando el sol viene con su petulancia a decir que ya es la hora de sacarse de la chistera el nuevo día.

TADEO

jueves, 5 de marzo de 2009

MARIELA

MARIELA

Mariela es una de esas amigas que uno siempre quisiera tener cerca. Ella es la alegría, la gracia, el desparpajo y el talento, porque además de ser un ser encantador, es actriz y le dedica su vida al teatro.

En mi último viaje a Cuba me la encontré como siempre, porque Mariela y yo siempre nos encontramos sin buscarnos, es curiosísimo, y esta vez nos encontramos creo que 4 veces en los 15 días que estuve allí, y no es que el pueblo sea tan pequeño.

Uno de esos encuentros se produjo en una de las galerías de arte de la ciudad de Trinidad de Cuba. Exponía sus trabajos el afamado artista plástico cubano Juan Roberto Diago, y allí estaba reunido todo lo más granado de la intelectualidad de mi ciudad. Fue una linda velada, porque tuve la oportunidad de saludar a muchísima gente querida y que hacía muchísimo tiempo que no veía. Y claro, Mariela no podía faltar.

Yo andaba con mi amigo Pedrito Cubas, compañero de carrera y casi como un hermano carnal. Al presentarlos, cometí la estupidez de decirle a Pedro: “Pedrito, esta es Mariela, quien en su día fue la mujer más linda de este pueblo”. Ella un poquito tocada por haberla destronado, dijo que de eso nada, que ella seguía siendo la más bella aún. A lo que yo apostillé que sí, que tenía razón, que aún seguía siendo la más bella.

Otro de nuestros encuentros casuales en este último viaje, ocurrió en un puesto de venta de pizzas. Estaba yo buscando un sitio para comerme una pizza, y allí estaba Mariela haciendo la cola, así que llegué y le dije en broma:
-“Mariela, cómprame una pizza, que no tengo dinero”.


Cuando uno viene del extranjero es visto en Cuba como un millonario, así que aparecerse con eso de que no tienes dinero, es un verdadero chiste, pero Mariela se lo tomó en serio y me compró la pizza y no dejó que le devolviera el dinero. Me quedé un poco mal con eso, pero es que Mariela es así.

Me dijo que estaba preparando un viaje para Suiza. A ver si se le da, y a ver si se pone a buscarse en la red y da con estas palabras.
Mariela, tienes abiertas las puertas de mi casa, por si te animas a conocer Bilbao.

Eso sí, no puedo terminar este texto sin hablar del más espectacular de los encuentros entre Mariela y yo. Andaba perdido por esas calles que asustan, en pleno Centro Habana, es decir, en uno de los barrios más complicados de la capital cubana. Era fin de semana y como yo estaba investigando para escribir mi libro sobre ESPIRITISMO, y necesitaba aprender de todas las religiones populares presentes en la isla, se me ocurrió meterme en una casa donde había una ceremonia festiva de santería.

Allí todo el mundo estaba bailando, así que me puse a mirar un poco desde afuera, por las ventanas de la casa para aprender un poco los pasos de los bailes y poder entrar sin llamar la atención. Así lo hice. Una vez que tenía el baile copiado, me metí en la casa y me puse a bailar ahí dentro entre toda la muchedumbre. No llevaba mucho tiempo allí cuando me encontré a mi amiga Mariela. Los dos nos sorprendimos mucho.
Después de dos besos le dije:
-Mariela, ¿qué tú haces aquí?
-Pues nada, que soy amiga del dueño de los tambores.
-¿Y tú qué haces aquí?
-¿Yo? Pues trabajo de campo para mi libro sobre espiritismo.
-Pues muy bien, dijo ella, y seguimos bailando aquellas danzas africanas entre risas y complicidad.

TADEO

viernes, 13 de febrero de 2009

IVIS TAMARGO

IVIS TAMARGO

En mi último viaje a Trinidad de Cuba, aproveché para ir a la misa del domingo, y allí en la iglesia me encontré con algunos viejos amigos que me hizo mucha ilusión saludar. Entre ellos, estaba Ivis Tamargo, así que no perdí la oportunidad para inmortalizar nuestro encuentro en esta foto.

Ivis y yo nos conocimos cuando matriculamos juntos en la Escuela Vocacional Ernesto Guevara de Santa Clara. Como todo cubano sabe, se trata de este tipo de escuela especial para niños, si no superdotados intelectualmente, sí seleccionados entre los mejores estudiantes de todas las escuelas primarias del municipio.

En aquel grupito conformado por 15 varones y 15 hembras, como representación de nuestro municipio en aquel gran colegio, estábamos nosotros dos conjuntamente con otros 28 chicos y chicas de los cuales me aventuraré a escribir los nombres de todos, aún corriendo el riesgo de que se me queden fuera 2 o 3, (espero que no se enfaden los que se me olviden)

Las chicas eran: Carmen Alicia, Yoelsy Palma, Yolaine Pomares, Disney, Tessa Negrín, Suleyka Bandomo, Raquel, Cary, Arianis Menéndez, Ivis Tamargo (no me acuerdo de las demás)
Y los chicos eran: Justo, Rolando Sicilia, Reinier el chino, Norly Lichilín, Ondrey Ricardo, Julio César Pomares, Yoet Aladro, Delvis Fraga, Hofman Bastida, Juan Guillermo, Marcos, El chiqui Hernández, (no me acuerdo de más)

Como nos graduamos sólo 20, espero que los que me he olvidado, estén entre esos que se marcharon sin graduarse.
A ver si alguien que nos conozca, pasa por aquí y me deja los nombres que yo he olvidado.

Lo cierto es que de todos nosotros, Ivis fue el primer expediente académico. Terminó estudiando la carrera de estomatología y hoy es estomatóloga allá en Trinidad de Cuba.

Ivis tiene la bondad reflejada en el rostro y una sonrisa de eterna niña, que a todos complace. Es una de esas amigas con personalidad propia, y por tanto, una de las inolvidables y de las imprescindibles. Siempre que la veo y converso con ella, me deja dentro una sensación muy agradable de paz y energía positiva.

Querida Ivis, gracias por existir.

TADEO